La realidad virtual multiplica la experiencia de Second Life

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En 1999 Philip Rosedale era un joven ingeniero que se había convertido en millonario gracias a su desarrollo de un sistema de videoconferencias. Vivía en San Francisco y tenía eso tan etéreo y complejo de definir que denominamos éxito. Pero Rosedale quería algo más que una cuenta corriente con cifras superiores a seis dígitos, él buscaba alcanzar un sueño que perseguía desde niño: construir realidades paralelas, mundos imaginarios en los que moverse con la libertad que el universo real no le ofrecía. Ese mismo año, después de ver Matrix en el cine junto a unos amigos, decidió que el proyecto que albergaba desde niño no podía esperar más. Mientras todos charlaban sobre la película de los Wachowski y trataban de adivinar qué le depararía el futuro a Neo (el personaje interpretado por Keanu Reeves), Rosedale se deprimía en una esquina. “Aquello era mi sueño -confesó después a la revista Wired-. Yo quería construir eso”. Obviamente lo que buscaba no era esclavizar a la especie humana y convertirlos en fuente de energía para alimentar máquinas, sino crear algo similar a la simulación de Matrix, un mundo virtual complejo y expansivo. Un mes más tarde Rosedale invirtió un millón de dólares de su propio bolsillo y fundó Second Life.

La llegada de aquel simulador de la vida real fue saludado como una de las piezas importantes que ratificaban la entrada en el siglo XXI. Los grandes medios de comunicación hablaron sobre la creación de Rosedale, hubo países que abrieron embajadas en el nuevo mundo virtual, allí se celebraron congresos, mítines políticos y conciertos de grandes bandas, sociólogos y psicólogos de todo el planeta analizaron las repercusiones que para nuestros cerebros tendría pasar horas conectados a Second Life y millones de personas sucumbieron a la tentación de probarlo aunque sólo fuera unos minutos. Más de una década después de su lanzamiento, cuando aquella idea ya forma parte de algo que nunca llegó a ser lo que prometía, es fácil ironizar sobre la creación de Rosedale (aunque casi un millón de personas continúa utilizando Second Life y la empresa propietaria del desarrollo, Linden Lab, asegura que sigue siendo un negocio muy rentable); pero su creador se niega a abandonar el sueño infantil que le llevó a impulsar el proyecto. Crear mundos artificiales es hoy mucho más factible que en 2003 y Rosedale está dispuesto a demostrarlo.

La nueva aventura del fundador de Second Life se llama High Fidelity y está sustentada en algo que no existía hace 12 años: la realidad virtual. El proyecto se encuentra en fase de pruebas, aunque se puede descargar desde la página oficial y comenzar a utilizarlo. Al contrario de lo que sucedía con Second Life, el desarrollo de High Fidelity es completamente abierto. Los usuarios pueden modificar los mundos que crean y compartirlos; en definitiva, se trata más de construir algo que de habitar un lugar que otro diseñó para ti. Una diferencia que puede resultar definitiva para seducir a las generaciones que han crecido jugando a Minecraft. Rosedale está convencido de que los mundos digitales terminarán conquistando en poco tiempo a todo el mundo por la similitud con la vida real que consiguen transmitir: “La realidad virtual va a ser una tecnología tan disruptiva como lo que representó en su momento la llegada del smartphone o de internet”.

Imágenes cedidas por www.morph3d.com

Texto: José L. Álvarez Cedena

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